El Guepardo


A pesar de la longitud de sus patas, largas como las de un perro, el guepardo casi se arrastra cuando se aproxima a la manada de gacelas. La panza roza la hierba, los pasos son cautelosos; a cada movimiento, le sigue un instante de inmovilidad. De esta forma el balancear ocasional de los matorrales se confunde con el provocado por la brisa. Es difícil divisar al animal, porque las manchas negras e irregulares del pelaje amarillo disimulan perfectamente su silueta; el cazador es casi invisible entre la vegetación que lo rodea. Tampoco el olor lo denuncia. Cuando se aproxima la manada, el guepardo instintivamente camina contra el viento, que lleva, entonces, su olor en otra dirección. Entonces ¡zas! Cuando la presa lo advierte; éste ya traspuso casi toda la distancia que lo separaba de ella. Se produce una dispersión despavorida en la manada. Pero el guepardo ya escogió su víctima y la persigue sin atender a los demás animales que huyen. La persecución dura poco. Bastan 2 segundos para que el cazador corra a 70km por hora. Y la velocidad puede aumentar todavía más, hasta alcanzar los 110km horarios. Ningún otro animal terrestre puede competir con el guepardo, ni en rapidez de aceleración ni en velocidad de carrera. En pocos segundos alcanza a la gacela, la aferra por una pata y los dos animales ruedan envueltos en una polvareda. Antes de que le polvo se asiente, la lucha ya habrá terminado.